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Poco después seria ordenado Diácono y al día siguiente Presbítero, pero antes tenía que pagar una deuda de gratitud. Fue a su ciudad natal para despedirse y abrazar por última vez a su madre y predijo a su hermano Alexis, que moriría poco después que él, tal como efectivamente sucedió. Fue también un 20 de Noviembre, de 1794, exactamente dieciséis años después de su entrada en el convento cuando salió para vivir su vida eremítica, tenía 35 años. El padre Serafín experimentó esta vida y diría más adelante: "Los que viven en los monasterios, luchan con los enemigos del género humano como contra palomas; los anacoretas, como contra los leones y los leopardos".El bosque que sirvió de "desierto" al padre Serafín era inmenso y sombrío. Una modesta choza, situada en la orilla escarpada del río, a unos seis kilómetros del monasterio, le servía de ermita. A un lado un icono, una olla en otro, un taburete de madera para sentarse; eso era todo. Aquel espacio fue bautizado con el nombre de "Monte Athos". Un ermitaño, para evitar el aburrimiento, necesita organizar el tiempo lo más estrictamente posible. La jornada del padre Serafín comenzaba a media noche. Seguía la regla de San Pacomio el Grande , en vigor entre los padres del desierto. Para empezar recitaba el oficio de maitines y de laudes. A las nueve tercia, sexta y nona. Finalmente, después del mediodía, cantaba vísperas y completas. Al caer la noche rezaba las oraciones para antes del sueño, acompañadas de numerosas postraciones como suelen hacerlo los monjes orientales. Entretanto, hiciera lo que hiciese, la oración del corazón ponía ritmo ininterrumpidamente a sus actividades. El padre Serafín cultivaba un huerto. "La oración y el ayuno, la soledad y la abstinencia forman la cuadriga que conduce al alma al reino de Dios", decía el habitante del pequeño desierto lejano. |
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A media noche, los osos, los lobos, las liebres y los zorros, así como los lagartos y reptiles de toda clase, rodeaban la ermita. Terminada sus oraciones, el asceta abandonaba su celda y se ponía a darles de comer. Un oso grande, en particular, gozaba de la intimidad del santo varón. (En memoria de San Serafín se prohibió hasta la revolución soviética la caza del oso en el bosque de Sarov). El padre Serafín concedía una gran importancia al ayuno. Con el tiempo decidió prescindir del pan. Luego dejó de cultivar sus legumbres. Serafín de Sarov dormía sobre una piedra, con un tronco por almohada, o bien sentado en tierra apoyado en la pared, con la cabeza entre las rodillas. Comía, una vez al día, un poco de berza y una pizca de avena seca. El padre Serafín discernía los espíritus, adivinaba el porvenir, mantenía relaciones telepáticas con ermitaños que vivían a millares de kilómetros de distancia, respondía a las cartas sin abrirlas nunca. Tenía el don de levitación y de bilocación y se le concedió la gracia de hacer milagros y de curar a los enfermos. "Nadie es profeta en su tierra", dice la Biblia. Cuánto más gente recibía el padre Serafín y cuántos más milagros hacía, mayor era el recelo y la animosidad con que lo miraban los monjes del desierto de Sarov. El padre Abad desaprobaba a aquel viejo inconformista, cuya presencia alborotaba la marcha normal de la vida monástica. Se sentía envejecer y le fatigaba la gente que cada vez más numerosa acudía a verle al Desierto y le perseguía por el bosque.Un año y nueve meses antes de morir, Serafín tuvo la dicha de recibir la visión, por última vez, de la Theotokos. Fue el 25 de marzo de 1831, día de la Anunciación, al amanecer... |
