CANONICIDAD Y LA IGLESIA ORIENTAL HISPANICA
Canonicity and the Hispanic Oriental Church
TEXTO EN IDIOMAS ESPAÑOL E INGLÉS
Por el Muy Rev. P. Peter Miln, B.A, M.Th, Ph.D, D.D.
“No existe, por supuesto, tal cosa como una Jurisdicción “canónica” Ortodoxa, a pesar del hecho de que esta terminología, venida de occidente, se ha deslizado últimamente en nuestro vocabulario eclesiástico. No hay tampoco Iglesias “oficiales” Ortodoxas; una categoría que ha producido el movimiento ecuménico actual” ¡Palabras valientes del Arzobispo Chrysostomos de Etna!
Y él continúa señalando que si no fuese este el caso, ¡entonces los Padres Capadocios, los Monjes Estuditas y los Hesicastas Palamitas, tendrían que ser considerados como “casi-canónicos” y “no-oficiales”! Es cierto que hasta principios del siglo XX, la Iglesia Ortodoxa tenía como prueba de canonicidad la perspectiva presentada por San Irineo de Lyons: que una Iglesia debe seguir las enseñanzas de Jesús, que sus obispos posean la Sucesión Apostólica y que esté en comunión solo con aquellas Iglesias que hayan mantenido ambas, las enseñanzas y la sucesión. En otras palabras, una combinación de Fe y Gracia es lo suficiente para que una Iglesia sea miembro del Cuerpo de Cristo. San Ignacio de Antioquia añadió la palabra Amor a esta ecuación, expresando el punto de vista de que la Iglesia Ortodoxa es la Unidad de la Fe y el Amor; por otro lado San Vicente de Lerins enfatizaba la Tradición de Fe, Orden, Adoración y Piedad como se confesaba al principio “en todas partes, siempre y por todos”.
Sin embargo, durante el siglo XX una atmósfera envenenada se hizo aparente, que en parte emanaba de la expansión de la diáspora, trayendo con ello problemas políticos y étnicos. La importancia de Fe, Gracia, y sobre todo Verdad, se llegó a perder en un cenagal de odio, insinuaciones, distorsiones, “consagraciones” dudosas, y mentiras manifiestas. De ahí nació la idea de que la canonicidad dependía, sobre todo, de que una Iglesia debería estar reconocida y en comunión con el Patriarca de Constantinopla. En el mejor de los casos, esto hacía que el falible ser humano fuese el árbitro de la Gracia de Dios, minando la vieja aceptación de que todos los obispos son iguales. Si hemos de creer esto ¿no sería mejor que aceptásemos las doctrinas de Roma? Igualmente tendríamos que decir que es el dinero el que actúa como árbitro final. Deberíamos recordar el Canon XXIV del IV Concilio Ecuménico: Cualquiera que violare la Iglesia de Dios, es decir, que compre o venda por codicia y envidia, estará vendiendo el lugar de reposo de su alma en el cielo…” El XXIX Canon de los Apóstoles, refuerza esta declaración. ¿Podría, por tanto, ser correcto que el Fanar rechace aceptar la canonicidad del Patriarcado de Kiev hasta que éste obtenga el dinero necesario para tal reconocimiento? Y, aparte del dinero, cuando por un breve periodo de tiempo, bastante recientemente, el Patriarcado de Moscú rompió relaciones con el Patriarcado Ecuménico, ¿puso alguien en duda que la poderosa Iglesia Rusa había cesado de ser canónica?
En la verdadera Ortodoxia, la canonicidad no está determinada por individuos ni por políticas de Iglesia, sino por las decisiones de los Concilios Ecuménicos. No existe ni un solo Canon promulgado por cualquiera de los Siete Concilios Ecuménicos, que ni remotamente sugiera que cada Jurisdicción Ortodoxa deba estar en completa comunión con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla. Sería ruin sugerir que dada su gran disminución territorial (el gobierno Turco le recordó recientemente la escasa población cristiana en su Sede) fuese despojado de su título de Primero entre Iguales. Él podría muy bien permanecer como primer portavoz de la Iglesia (a pesar de que el Patriarca actual se regodea con el ecumenismo, causando controversia entre muchas Iglesias sobre este acatamiento) Pero nunca él debería ser considerado como ejecutor jurisdiccional ni temporal, ni eclesiástico. Él es simplemente el 270 sucesor del Apóstol Andrés en la sede de Constantinopla, y ese es el mayor de sus honores.
El poder eclesial ejercitado por cualquier obispo, es ejercitado genuinamente sólo de acuerdo con los Cánones. Un obispo no puede hacer canónico lo que es claramente no-canónico. Viene a mi mente la situación de la Iglesia Ortodoxa en las Américas. Puede que el que esto escribe esté equivocado, pero hay algo así como catorce diferentes jurisdicciones en el continente americano. El Canon III del Primer Concilio Ecuménico es bastante claro sobre este particular: solo debe haber un obispo en una ciudad. El Proto-presbítero Alexander Schmemann ha dicho en su consideración, sobre los problemas que se enfrenta la Ortodoxia en América que, si existe un principio de canonicidad claro y universal es el de la unidad jurisdiccional. Sin embargo es una distorsión de esta consideración tratar de extraer de esta idea el que solo haya una unidad jurisdiccional en todo el planeta. Cada jurisdicción tiene un derecho canónico para ejercitar esa jurisdicción dentro de su territorio; y un convenio en Amor fraternal tiene que llegar a los lindes de ese territorio. Constantinopla, Antioquia y Moscú parece ser que no están actuando canónicamente cuando cada uno coloca un obispo en una misma ciudad.
Esta situación en América trae a la mente de uno a considerar el asunto de la Sucesión Apostólica como verdadero terreno para la canonicidad. Ambos, Eusebio e Irineo en sus escritos mencionan las sucesiones episcopales en términos de sus “cátedras” y no la de sus consagrantes. En otras palabras, la Sucesión Apostólica no puede quedar reducida a una “lista de compra” de sucesivos ordenantes. Ello no representa una autosuficiente “orden” de obispos. Es por esta razón por la que los “obispos” vagantes trazan su Sucesión Apostólica a través de hombres sospechosos como Matthew y Villate (de triste memoria) y totalmente heréticos. Por otro lado la Sede de Roma, en 1896, rechazó las Órdenes Anglicanas declarándolas inválidas; una decisión con la que la Iglesia Ortodoxa está completamente de acuerdo; en parte cimentado porque la Iglesia de Inglaterra no mantuvo el episcopado diocesano histórico en el tiempo de la Reforma. La Sucesión apostólica tiene que ser trazada a través de una “cátedra” definida y con un propósito específico. Donde quiera que haya una brecha o un vacío, como por ejemplo el obispo designado por Moscú para la diáspora en América, volviendo a Rusia durante la revolución y después desaparecido, o Cirilo y Metodio introducidos en el corazón pagano de Ucrania; entonces la continuidad o la misión cuenta con el aumento orgánico dentro del resto de la Iglesia local o en manos de los misioneros, debiendo ambos permanecer fieles a la “cátedra” que los elevó por esa causa específica. Continuando con América como un ejemplo, en 1924 la Iglesia allí celebró un Sobor en Detroit de cara al gran peligro espiritual con el que se enfrentaba. Para asegurar una continuidad de Vida, Fe y Orden, proclamó la autonomía. Por eso Moscú condenó la recién nacida Iglesia como cismática, y procedió a establecer su propio Exarcado. ¿Quién llevaba razón?
En un análisis final tenemos que tomar en cuenta el hecho de que la “Tradición” no es simplemente una conformidad con un pasado moribundo. La “Tradición” es una cosa viva. Es la fuente de la “Verdad”; “…conoceremos la verdad, y la verdad nos hará libres”. Y es demasiado a menudo, cuando considerando Tradición y Verdad, la respuesta bulle con el sentido común. La Iglesia no puede quedar reducida a meras consideraciones jurisdiccionales. Ella es un organismo vivo. La analogía de su parto es útil aquí. Un infante vive en el seno de su madre. Después, cuando nace, llega a separarse individualmente, mientras que, al mismo tiempo retiene una unión indisoluble con su madre. No es posible para ningún agente humano cortar esa conexión.
Así sucedió con la Iglesia en América. Desde principios del siglo XVIII, en Alaska, de manos de los misioneros, la Iglesia en América fue creciendo gradualmente, hasta que como resultado de la violencia en la tierra de sus padres, fue desechada a un estado independiente. Creció y floreció. ¿Con qué lógica, por tanto, persiguió Moscú detener el crecimiento; tratando de sofocarla y plantar en su lugar una nueva criatura? Una Iglesia no puede ser creada simplemente por un fiat jurisdiccional cuando es claro que la Iglesia ya existe. Hago mención de Schmemann cuando exclama con incredulidad: “Un Obispo virtualmente sin parroquias es reconocido como “canónico” porque él es reconocido por su Patriarca, pero un Obispo de la misma Iglesia con una diócesis floreciente y con raíces orgánicas en la continuidad real de la Iglesia, es declarado “no-canónico” por carencia de tal reconocimiento.”
En conexión con el Patriarcado Ruso, el Metropolitano Evloghios de Milán (bajo cuyo Omoforio está la Iglesia Oriental Hispánica) ha llamado nuestra atención por la corriente situación, que otra vez cuestiona un verdadero entendimiento de canonicidad. Mientras que el Sobor en Detroit estaba estableciendo la continuidad de la Ortodoxia en América, en otro lugar, la Iglesia Rusa en el Exilio (la Iglesia Ortodoxa Rusa fuera de Rusia; la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Extranjero) se estableció continuando la verdadera tradición Ortodoxa Rusa, sin trabas por las restricciones del “Sergianismo”. El Patriarcado de Moscú prontamente los declaró no-canónicos. Ahora, después de 70 años de antagonismo, y sin ningún movimiento teológico por ninguna de las dos partes, las dos Iglesias se han abrazado de nuevo. De repente, el Patriarcado de Moscú ha reconocido la sucesión y los sacramentos de la Iglesia Rusa en el Exilio. Y una situación interesante sucede ahora en Grecia donde en 1960 y 1962 obispos de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exilio consagraron a siete obispos para preservar la continuidad de la Iglesia Griega del Viejo Calendario. ¿Reconocerá Moscú como canónicos a los vetero calendaristas griegos y a aquellas Iglesias que están en comunión con ellos? ¿O solo los rusos son válidamente reconocidos?
La canonicidad no depende de un principio abstracto de validez. Si nosotros aceptamos “validez” como piedra de toque, entonces nos dirigimos a lo que puede ser descrito como una vista “mágica” de la Iglesia y a una grave distorsión de eclesiología. Desafortunadamente la Tradición Canónica, una vibrante y viviente realidad, ha llegado a ser Ley Canónica, con todas las contradicciones y formalismos reguladores que ello implica. Los Cánones fueron hechos para que los cristianos tuviesen un orden y no para forzarlos a ponerse una camisa de fuerza de legalismo, como ha dicho el Padre Serafín Rose de Platina. El concepto de la Iglesia, como una entidad espiritual y sacramental, ha sido subordinado al concepto de Iglesia como una organización. Pero aparte de la constitución de la Iglesia, el propósito de los Cánones es defenderla y clarificarla. Esto, en el caso de “reconocimiento” (por carecer de un término más apropiado) los Cánones llevan a la “unidad” como esencia de la Iglesia. La unidad de los hombres con Dios en Cristo y la unidad de los hombres con ellos mismos en Cristo; tal unidad está expresada en la persona del obispo como parte de la Sucesión Apostólica.
Es aparente en el caso de nuestra Iglesia en Sud América que un número de obispos están fallando al no apreciar esta función unificadora y están emulándose unos con otros para establecer o mantener su propia Canonicidad, como ellos, a menudo erróneamente, entienden este término. Esto conduce a toda clase de “verdades” que están siendo discutidas. Una de estas, desde luego, es la idea de que un obispo al dejar una Iglesia local, deja de ser obispo. Esto es cierto, en caso de que él haga esto para establecer una jurisdicción personal, o como resultado de despecho, pero no es así si él lo hace con fe para servir otra comunidad establecida. Si un obispo se separa de su Iglesia madre por un asunto de fe, puede decirse que está siguiendo el ejemplo de una personalidad como fue San Juan Crisóstomo. Esto ha ocurrido por cierto recientemente en el Reino Unido, donde el Obispo Basilio de Sergievo dejó el Patriarcado de Rusia, siendo despojado por ello, pero continúa sirviendo como obispo bajo el Patriarcado Ecuménico. Puede decirse que los que resisten sinceramente son los verdaderos conservadores de la Ortodoxia válida. Del mismo modo, un sacerdote ordenado por un obispo válido no puede ser reordenado en otra jurisdicción simplemente por posesión de la “canonicidad”, o porque varias jurisdicciones étnicas están luchando una guerra sin cuartel tratando de robar clérigos. Por cualquier clase de violación de las reglas esto es totalmente una situación “no-canónica” (en el verdadero sentido de la palabra) y la jerarquía en ella envuelta se expone abiertamente a ser despojado bajo el Canon Apostólico 68.

(H.Em. Auxentios y Filaret)
By the Very Reverend Fr. Peter Miln, B.A, M.Th, Ph.D, D.D.
“There is no such thing, of course, as a “canonical” Orthodox jurisdiction, despite the fact that this kind of terminology has crept into our ecclesiological vocabulary from the West. Nor are there “official” Orthodox Churches, a category produced by the contemporary ecumenical movement.” Bold words from Archbishop Chrysostomos of Etna! And he goes on to point out that were this not the case, then the Cappadocian Fathers, the Studite monks, and the Palamite Hesychasts would have to be regarded as “quasi-canonical” and “unofficial”! Certainly it is true that until the beginning of the 20th century the Orthodox Church had as a test of canonicity the view presented by St. Irenaeus of Lyons: that a Church should follow the teachings of Jesus Christ; that its bishops should hold the Apostolic Succession; and that it should be in communion only with those Churches which have maintained both the teachings and the succession. In other words, a combination of Faith and Grace is sufficient for a Church to be a member of the Body of Christ. Saint Ignatius of Antioch added Love to the equation, expressing the view that the Orthodox Church is the Unity of Faith and Love; whilst Saint Vincent of Lerins emphasised the Tradition of Faith, Order, Worship and Piety as confessed from the beginning “everywhere, always and by all”.
During the 20th century, however, a poisoned atmosphere becomes apparent, partly emanating from the spread of the diaspora which brought with it political and ethnic problems. The concern for Faith, Grace, Love and, above all, Truth, became lost in a welter of hatred, insinuations, distortions, dubious “consecrations” and downright lies. And there grew up the idea that canonicity depended above all upon the idea that a Church must be recognized and in communion with the Patriarch of Constantinople. At very best this makes a fallible human being the arbiter of God’s Grace, and undermines the ancient acceptance of the fact that all bishops are equal. If we are to believe this, then we had all better accept the doctrines of
In true Orthodoxy, canonicity is not determined by individuals and church politics, but by the decisions of the Ecumenical Councils. There is no canon promulgated by any of the Seven Ecumenical Councils which even remotely suggests that every single Orthodox Jurisdiction must be in full communion with the Ecumenical Patriarch of Constantinople. It would be churlish to suggest that given his greatly diminished territorial stature (the Turkish government recently reminded him of the tiny Christian population of his see) he should be stripped of his title of First among Equals. He should rightly remain as the first spokesman of the Church (although the current Patriarch’s dalliance with ecumenism is causing questions to be raised amongst some Churches in this regard). But at no time should he be regarded as exercising any form of temporal or ecclesial jurisdiction. He is simply the 270th successor of the Apostle Andrew in the See of Constantinople; and that is the greatest of his honours.
Ecclesiastical power, exercised by any bishop, is exercised genuinely only in accordance with the Canons. A bishop cannot make canonical that which is clearly uncanonical. The situation of the Orthodox Church in the
This situation in
In a final analysis we have to take account of the fact that “Tradition” is not simply a conformity with a dead past. Tradition is a living thing. It is a source of “Truth”; “Ye shall know the truth, and the truth shall make you free”. And only too often, when considering Tradition and Truth, the answer boils down to common sense. The Church cannot be reduced to mere jurisdictional considerations. She is a living organism. The analogy of childbirth is useful here. A baby lives in its mother’s womb. Then it is born. It becomes a separate individual whilst, at the same time, retaining an indissoluble link with its mother. It is not possible for any human agency to sever that link. So it was with the Church in
In connection with the Russian Patriarchate, Metropolitan Evloghios of Milan (under whose Omophorion the Iglesia Oriental Hispánica falls) has drawn our attention to the current situation which again questions a true understanding of canonicity. Whilst the Sobor in
Canonicity does not depend upon an abstract principle of validity. If we accept “validity” as such a touchstone, then we are led to what might be described as a “magical” view of the Church and to a grave distortion of ecclesiology. It is unfortunate that Canonical Tradition, a vibrant and living reality, has become Canon Law, with all the stultifying and regulatory formalism that that implies. The Canons were made to bring order amongst Christians, not to force them into a straight-jacket of legalism, as Father Seraphim Rose of Platina has pointed out. The concept of the Church, as a spiritual and sacramental entity, has become subservient to the concept of the Church as an organisation. But far from constituting the Church, the purpose the Canons is to defend and clarify it. Thus, in the case of “recognition” (for want of a better term) the Canons point to “unity” as the essence of the Church. The unity of men with God in Christ and the unity of men with each other in Christ; such unity expressing itself in the person of the bishop as part of the Apostolic Successsion.
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It is apparent in the case of our Church in South America that a number of bishops are failing to appreciate this unifying function, and are vying with each other either to establish or maintain their own “canonicity” as they, often erroneously, understand the term. This leads to all kinds of “truths” being bandied about. One of these, of course, is the idea that a bishop upon leaving a local Church ceases to be a bishop. This is certainly the case if he was doing so in order to establish a personal jurisdiction or as a result of pique, but not so if he does it in faith to serve in another established community. If a bishop separates from his mother Church over a matter of faith, he may be said to be following the example of such men as Saint John Chrysostom. Indeed, this has occurred recently in the
How to conclude? It is tempting to say that God knows His saints; that He knows the secrets of our hearts; and that at the Latter Day all will be revealed. In the meantime, however, we have to live in an imperfect world, and that only too often the enemies of the Church are the very members thereof; Our Lord Himself prophesied as much. The Iglesia Oriental Hispánica can only go forward secure in the knowledge that it truly enjoys full canonicity, and that it walks hand in hand with the Fathers and the Saints. Praise be to God!

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+SUMISIÓN EN NOMBRE DE LA IGLESIA ORIENTAL HISPANA
Desde el siglo IX en adelante, las relaciones entre las sedes de Roma y Constantinopla fueron empeorando, mayormente debido (a) a la Conversión de Bulgaria y (b) a la introducción del Filioque en el Credo, aparte del uso por parte de Roma del pan sin levadura (ázimo) en la Eucaristía. En 1054 la disputa llegó al máximo cuando el Papa León IX y el Patriarca Miguel Cerulario se anatemizaron mutuamente y las Iglesias siguieron por caminos separados. La rotura finalizó en 1472 al repudiar formalmente la Unión de Florencia por un Sínodo de Constantinopla. En 1965, sin embargo, el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras anularon estos anatemas y comenzaron las negociaciones para la unión, que aún continúan. Los “Católicos Romanos” y los “Ortodoxos” se consideran mutuamente cismáticos, pero a pesar de ello, de ninguna manera invalida las mutuas Ordenes Sagradas. La Reina Sofía es un ejemplo de que una fácil transición puede ser hecha entre las dos grandes Comuniones. La Iglesia Ortodoxa está dispuesta a reconocer al Papa como el Obispo cabeza de la Cristiandad, pero no está preparada para aceptar ninguna asignación sobre él de supremacía universal o de jurisdicción.
Otra consideración surge de la controversia sobre el “Calendario”, lo cual puede estar enlazado a la desconfianza del “Ecumenismo”. La Iglesia Oriental Hispana utiliza el Calendario canónico Juliano (formando parte de la gran familia de los “Viejos Calendaristas”) resistiendo firmemente las herejías del falso ecumenismo y del sincretismo trans-religioso. Por esta razón no reconoce, ni reconocerá, la jurisdicción de Constantinopla, una actitud compartida por un gran número de otras Iglesias Ortodoxas. La función del Patriarca Ecuménico, por su propia naturaleza, es de máxima importancia y una de honor, pero el actual incumbente, Su Toda Santidad Bartolomé I, no solo abraza el no-canónico Calendario Gregoriano, y procura pesquisar a los que no lo siguen – como es el caso del Monasterio de Esphigmeou en el Monte Athos – sino que al ser miembro activo del Consejo Ecuménico de Iglesias, amenaza con debilitar la Fe expresada en los Siete Concilios Ecuménicos. Por esta razón, sus representantes en varios países, incluido España, hacen todo lo que pueden para denigrar a aquellas iglesias que buscan asirse a la Tradición y a la Verdad. Esto es particularmente verdad donde tales Iglesias pueden ser vistas por tener un lugar legítimo en la Ortodoxia debido a las realidades a la migración misionera y a un reavivamiento como consecuencia de la pérdida de la verdadera herencia cristiana. España fue Ortodoxa mucho antes de que fuese Católica Romana. La Iglesia Oriental Hispana existe para recordarle esto y por este motivo no solo usa la Liturgia Bizantina de San Juan Crisóstomo sino también el nativo Rito Hispano Mozárabe. Usa el Castellano en sus oficios debido a la prescripción canónica de que se debe usar la lengua indígena de la población (opuesto al Griego o al Ruso antiguos) Representa un nuevo florecimiento de algo anciano y español opuesto a la introducción de algo nuevo y extraño. En la Península Ibérica tiene clero y parroquias. Están en Lisboa, Sevilla, Málaga, Jerez de la Frontera, Valencia, Alicante, San Fernando, y Puerto Real, y en América, en Costa Rica, Cuba, Nicaragua y Florida (EEUU).
Arcipreste Dr. Peter Miln